Hidrógeno verde: balance de gobierno y la agenda habilitante que falta

Hidrógeno verde: balance de gobierno y la agenda habilitante que falta

Por Jaime Sáez Quiroz, Diputado de la República de Chile.

Fecha publicada: 06 Febrero, 2026

La entrevista al director ejecutivo de H2 Chile en Pulso condensa una idea que atraviesa el debate energético actual: más que nuevos anuncios, lo urgente es “dejar lo más habilitada posible esta industria”. Esa frase es, al mismo tiempo, un balance del periodo y una hoja de ruta para el siguiente tramo: el hidrógeno verde en Chile ya no está en etapa de slogan, pero tampoco ha alcanzado la madurez institucional que requiere para desplegarse con inversión, legitimidad social y valor público.

En justicia, hay avances. El gobierno logró instalar el hidrógeno verde como una discusión económica y productiva, no solo climática. El proyecto de incentivo tributario orientado a activar demanda doméstica, junto con la idea de subastas competitivas que aseguren contratos de compra (off-takers) y reduzcan incertidumbre, reconoce un punto básico: la decisión final de inversión depende de flujos, riesgo y bancabilidad, no de potenciales teóricos. En ese sentido, mover la conversación hacia instrumentos que acerquen demanda, financiamiento y certidumbre es un cambio relevante.

Sin embargo, el balance del periodo también muestra límites claros. El principal cuello de botella no ha sido la falta de interés privado, sino la insuficiencia de condiciones habilitantes coherentes entre sí. El despliegue del hidrógeno verde exige algo más complejo que “acelerar permisos”: requiere capacidad estatal para planificar, evaluar, coordinar infraestructura y sostener estándares ambientales y sociales robustos, sin transformar cada proyecto en un conflicto de suma cero.

El primer desafío es mejorar la tramitación de permisos con foco en calidad institucional. “Agilizar” no puede equivaler a debilitar estándares ni a desplazar problemas hacia la judicialización. La agenda habilitante debe fortalecer el Estado evaluador: información temprana, criterios consistentes, interoperabilidad real entre servicios, plazos que se cumplan y decisiones fundadas. La entrevista apunta a la necesidad de alinear permisos sectoriales y, eventualmente, ajustes normativos relevantes. Lo sustantivo es el objetivo: disminuir incertidumbre sin sacrificar resguardo ambiental ni participación significativa.

El segundo desafío es el ordenamiento territorial y la evaluación ambiental estratégica. Una industria nueva no puede depender de definiciones “proyecto a proyecto” sobre compatibilidades territoriales. Hidrógeno verde implica puertos, transmisión, logística, eventuales requerimientos de agua, y presión sobre ecosistemas sensibles. Sin líneas base robustas y planificación que integre biodiversidad, agua, usos productivos y comunidades, la inversión se vuelve errática y la conflictividad se internaliza como costo permanente. La habilitación real de la industria pasa por reglas claras de dónde sí, dónde no y bajo qué condiciones, con información pública y criterios previsibles.

El tercer desafío es diseñar instrumentos de demanda con condicionalidades inteligentes. Incentivar consumo local puede acelerar encadenamientos, pero la magnitud del apoyo público obliga a exigir resultados verificables: reducción efectiva de emisiones, trazabilidad, adicionalidad energética, estándares sobre agua y biodiversidad, y beneficios territoriales

medibles. En otras palabras, no basta con empujar volumen: hay que empujar calidad y legitimidad. Si el Estado asume parte del riesgo, debe resguardar que el retorno no sea solo privado, sino también público.

El cuarto desafío es infraestructura y sistema eléctrico. No hay hidrógeno verde competitivo sin electricidad renovable disponible, confiable y a costo razonable, lo que abre una agenda exigente: transmisión, flexibilidad, almacenamiento, permisos para líneas, coordinación de inversiones y una gobernanza del sistema que anticipe cuellos de botella. La transición energética no es un catálogo de proyectos, sino un rediseño del sistema. Y ese rediseño requiere coordinación estatal efectiva.

El quinto desafío es la inserción internacional. Chile compite en un escenario donde Estados Unidos, Europa y Asia combinan subsidios, compras públicas, estándares y estrategias industriales. La ventaja comparativa chilena puede ser relevante, pero no se sostendrá solo con costos: se sostendrá con reputación, certificación robusta y acuerdos estables. En hidrógeno verde, la confianza es un activo económico. Estándares borrosos y conflictividad crónica se traducen, finalmente, en riesgo país sectorial.

En síntesis, el periodo deja avances importantes en agenda, diagnósticos e instrumentos en discusión, pero todavía no completa la arquitectura habilitante que requiere una industria de esta escala. El próximo tramo debiera medirse menos por anuncios y más por resultados institucionales: planificación territorial, permisos de calidad, infraestructura crítica, demanda con estándares y un reparto claro de beneficios en los territorios donde ocurrirá la inversión. Esa es la diferencia entre una promesa verde que se posterga y una política industrial climática que se consolida.

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