Baviera y Chile: dos caminos en la economía del hidrógeno verde

Baviera y Chile: dos caminos en la economía del hidrógeno verde

Por Jaime Sáez Quiroz, Analista en transición energética y geopolítica de los recursos naturales.

Fecha publicada: 29 Abril, 2026

Chile lleva años hablando del hidrógeno verde como si fuera una nueva fiebre del oro —esta vez, limpia. Viento, sol, territorio y promesas de inversión que dibujan un futuro donde el país se transforma en potencia energética global. Pero mientras aquí celebramos la abundancia natural, en Europa —y en particular en Baviera— están jugando un partido diferente.

La reciente Bayerische Wasserstoffstrategie 2.0 no es solo un documento técnico. Es una declaración de poder industrial. Baviera no habla del hidrógeno como oportunidad ambiental ni como narrativa de transición. Lo trata como lo que realmente es: una herramienta para sostener su base industrial en un mundo descarbonizado.

Ahí está la primera diferencia estructural. Para Baviera, el problema no es producir hidrógeno, sino cómo asegurarlo, transportarlo, almacenarlo y —sobre todo— convertirlo en valor dentro de su propio territorio. En ese diseño, Chile no es socio estratégico por defecto. Es, potencialmente, proveedor.

Baviera reconoce que no podrá cubrir su demanda con producción propia y que necesitará importar de manera masiva y diversificada. Pero esa dependencia no la debilita: la ordena. Invierte en redes, almacenamiento, certificación, centros tecnológicos, clústeres industriales y financiamiento público para que ese hidrógeno —venga de donde venga— alimente su propia economía. En otras palabras: Europa está diseñando cómo seguir capturando el valor, incluso cuando la energía se produzca en otro lugar.

Y ahí es donde Chile debería encender las alarmas

Nuestra conversación pública ha estado demasiado concentrada en la oferta: cuántos gigawatts podemos instalar, cuántas toneladas podríamos exportar, cuán competitivos podríamos ser en costos. Pero el mundo no premia solo a quien produce energía barata. Premia a quien controla la tecnología, la logística, el financiamiento, los estándares y los mercados de destino.

Sin un giro estratégico, el hidrógeno verde puede convertirse en una nueva versión del viejo modelo: exportamos recursos —aunque ahora sean verdes— e importamos el valor agregado que otros generan con ellos.

La buena noticia es que esto no está escrito en piedra. La propia estrategia bávara abre una ventana: necesitan proveedores confiables, estables y diversificados. Chile puede ser uno de ellos. Pero la diferencia entre ser socio o ser subordinado depende de las decisiones que tomemos ahora.

Cuatro son las urgencias

Primero, dejar de tratar el hidrógeno como promesa extractiva y asumirlo como política industrial. Eso exige desarrollar demanda interna real —minería, transporte pesado, logística, industria alimentaria— porque sin mercado doméstico no hay poder de negociación.

Segundo, exigir encadenamientos productivos. No basta con atraer inversión para producir hidrógeno. Se requiere transferencia tecnológica, formación de capital humano y desarrollo de proveedores locales. Sin eso, seremos territorio de paso para capital global.

Tercero, planificar la infraestructura como estrategia de Estado. Redes, puertos, almacenamiento y logística no pueden quedar entregados a la lógica privada. Necesitan responder a un proyecto país con foco territorial. De lo contrario, se generarán enclaves energéticos desconectados del desarrollo regional.

Cuarto —y esto es central—, Chile debe negociar desde su posición real: es una pieza clave en la transición energética global. Eso no se gestiona desde la ansiedad por captar inversión, sino desde la capacidad de condicionar esa inversión a beneficios concretos.

Este punto es especialmente relevante para regiones como Los Lagos. El hidrógeno no tiene por qué ser solo una apuesta de exportación desde Magallanes o el norte: puede descarbonizar la logística marítima, modernizar la industria alimentaria y fortalecer capacidades tecnológicas locales. Pero eso no ocurre por inercia. Requiere decisión política deliberada.

La transición energética no es un proceso neutral. Es una disputa por poder, por valor y por futuro.

Baviera ya entendió que el hidrógeno no es solo energía: es industria, es soberanía y es estrategia.

La pregunta es si Chile también lo va a entender —o si va a volver a ocupar el lugar que la historia le ha asignado demasiadas veces: proveedor de recursos para el desarrollo de otros.

Porque incluso en un mundo verde, la desigualdad no desaparece. Solo cambia de color.

(El autor(a) es responsable de la exactitud y veracidad del contenido presentado en la columna de opinión. La plataforma y el editor no asumen ninguna responsabilidad por cualquier error, omisión o imprecisión en la información proporcionada.)

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