Opinión: Mezclar hidrógeno verde con gas natural no basta para crear un mercado

Opinión: Mezclar hidrógeno verde con gas natural no basta para crear un mercado

Por: Arturo De la Sotta, CEO de P2X Consulting

Fecha publicada: 28 Septiembre, 2026

Inyectar hidrógeno verde en las redes de gas natural parece, a primera vista, una manera rápida de abrir mercado a una industria que aún busca escala. La infraestructura ya existe y hay consumidores conectados. Pero que la mezcla sea técnicamente posible no significa que sea económica, eficiente ni, por sí sola, una política de desarrollo industrial.

El 14 de septiembre de 2026, la Comisión Nacional de Energía (CNE) publicó un estudio sobre la producción e inyección de hidrógeno verde en redes de gas chilenas. Desarrollado por GAMMA durante 2023, analiza infraestructura, seguridad, regulación y costos. Como su elaboración precede en tres años a la publicación, conviene transparentar qué supuestos se actualizaron y contrastar sus resultados con precios eléctricos y condiciones de mercado actuales.

El informe permite superar una discusión binaria: tratar la mezcla como solución inmediata o descartarla porque no descarboniza toda la red. La cuestión es dónde funciona y qué aporta frente a otras opciones. Como el hidrógeno contiene menos energía por volumen que el gas natural, una mezcla de 10% en volumen no reemplaza 10% de la energía entregada.

Las redes difieren en materiales, presiones, equipos y usos finales, y deben cumplir normas de calidad y seguridad. El estudio estima que, en el corto plazo y bajo ciertas condiciones, 10% en volumen sería un máximo técnico. Cada concesión requiere revisar su infraestructura, los artefactos conectados y la normativa: no hay un porcentaje universal.

Producir hidrógeno exige electricidad; inyectarlo puede requerir plantas, almacenamiento, conexiones, medición y adaptación de equipos. La CNE evaluó la rentabilidad de concesionarias y comparó precios potenciales con alternativas. Si el combustible o la infraestructura encarecen el suministro, podrían presionar tarifas o reducir competitividad. Ese impacto debe calcularse por zona con datos actuales.

Tampoco basta con que una red pueda recibir una mezcla. El hidrógeno queda diluido en un volumen mayor de gas natural, de modo que la demanda potencial depende de cuánto se inyecta y a qué precio. Para respaldar una inversión, hacen falta compradores, contratos y demanda previsible. Si el proyecto necesita subsidios permanentes o traslada costos a usuarios que no eligieron esa descarbonización, su viabilidad financiera y aceptación social se debilitan.

La experiencia europea invita a la cautela. Considerando el 74 del Reglamento (UE) 2024/1789 señala que mezclar hidrógeno con gas natural debería ser una solución de último recurso: es menos eficiente que usar hidrógeno puro y reduce su valor. No es una prohibición general ni impide realizar pilotos. Sí refuerza la necesidad de comparar cada proyecto con otras opciones y priorizar usos donde la molécula aporte mayor valor.

En Chile, la mezcla podría servir para ensayos acotados y para resolver dudas sobre operación, normas, medición, seguridad y compatibilidad. Cada piloto debería fijar objetivos verificables, límites de seguridad, costos transparentes y una evaluación posterior de las emisiones efectivamente evitadas. También debe aclarar quién compra el hidrógeno y quién financia las adaptaciones. Sin esas respuestas, puede quedarse en una demostración tecnológica sin ruta comercial.

La comparación debe incluir también los usos en que la electrificación directa es difícil y el hidrógeno puede aportar más valor, como ciertos procesos industriales, el transporte pesado o la producción de combustibles de bajas emisiones. Mezclarlo con gas no debería ser un destino automático solo porque aprovecha infraestructura existente. Importan el costo total, las emisiones evitadas, la disponibilidad de energía renovable y las alternativas de cada usuario.

El siguiente paso no es fijar una meta nacional de mezcla, sino actualizar el análisis de la CNE con costos y escenarios eléctricos actuales; evaluar cada concesión; definir reglas de calidad, medición y seguridad; y comparar los pilotos con electrificación, biometano y otras opciones. La regulación debe proteger a los consumidores, asignar con claridad los costos y exigir que los resultados se midan y verifiquen.

La mezcla puede ser una herramienta de transición y aprendizaje; no es una política industrial completa ni crea por sí sola un mercado de hidrógeno. Chile debería probarla donde tenga sentido y medir sus resultados con rigor. La industria crecerá cuando cada kilogramo producido tenga un uso valioso, un comprador identificable y una economía defendible. Esa será la prueba decisiva.

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