Chile puede romper su dependencia energética y liderar con e-fuels hechos en casa

Chile puede romper su dependencia energética y liderar con e-fuels hechos en casa

Por Arturo De la Sotta, CEO de P2X Consulting.

Fecha publicada: 11 Junio, 2025

Cada día, Chile destina millones de dólares a la importación de petróleo extranjero para mover su transporte, alimentar su industria y sostener su economía. Pero, por primera vez en nuestra historia, tenemos la posibilidad real de romper esa dependencia. No es una promesa vacía ni una ilusión ecologista: es una oportunidad tangible, económica y estratégica. La revolución de los combustibles sintéticos —producidos a partir de hidrógeno verde y CO₂ biogénico— abre la puerta para fabricar en casa lo que durante décadas hemos comprado fuera. Y con ello, construir una economía más libre, resiliente y preparada para el siglo XXI.

Contamos con una ventaja geográfica única. El norte grande de Chile posee los niveles de radiación solar más altos del mundo, mientras que la Patagonia nos entrega algunos de los vientos más constantes y potentes del planeta. Si a esto sumamos la disponibilidad de residuos agrícolas, forestales y orgánicos que aportan CO₂ biogénico, el panorama es evidente: Chile tiene todos los elementos necesarios para desarrollar una industria nacional de e-fuels con proyección global. Estos combustibles sintéticos —diésel, gasolina o kerosene producidos con energía renovable— son compatibles con la infraestructura actual y los motores existentes. Representan una vía de transición energética realista, competitiva y de rápida implementación.

Además, la economía comienza a alinearse. Las tecnologías han reducido sus costos de manera sostenida y las energías renovables ya están disponibles a gran escala. Hoy, el costo de producir combustibles sintéticos se acerca al de los combustibles fósiles importados. Una convergencia de precios que parecía lejana hace una década, ahora es posible gracias al desarrollo industrial, la innovación logística y el potencial natural del país. La producción local ya no es un acto romántico: es una decisión racional, con impactos concretos en empleo, estabilidad y balanza comercial.

Los números son claros: reemplazar las importaciones de combustibles representa una oportunidad de más de 8.000 millones de dólares anuales. Si imaginamos una economía chilena que reemplaza el 100% de sus combustibles líquidos con e-fuels nacionales, esto requeriría instalar al menos 20 plantas de gran escala y movilizar entre 40.000 y 50.000 millones de dólares en inversión durante los próximos 15 a 20 años. Pero el retorno sería transformador: más de 10.000 empleos directos permanentes, decenas de miles de empleos indirectos, y un salto en el ingreso per cápita superior a los 3.000 dólares. El impacto en el PIB podría sumar entre 2 y 3 puntos porcentuales anuales, sostenido por una industria limpia, exportadora y de alto valor agregado.

No se trata solo de sustituir barriles por moléculas verdes. Se trata de crear una nueva industria nacional capaz de revitalizar regiones, mejorar la calidad de vida y posicionar a Chile como referente en tecnología energética avanzada. Así como Irlanda lo hizo con el software y Corea del Sur con los semiconductores, Chile puede hacerlo con los e-fuels.

La experiencia internacional lo confirma. Alemania ha cofinanciado la planta Haru Oni en Magallanes como parte de su estrategia de importación de combustibles neutros en carbono. Japón y Corea del Sur han sellado alianzas público-privadas para asegurar cadenas de suministro sostenibles. Incluso Arabia Saudita, ícono del petróleo, apuesta hoy por el hidrógeno verde. Pero los ejemplos más inspiradores vienen de países que decidieron cambiar su destino: Irlanda pasó de una economía agrícola a un hub digital; Corea del Sur, de la posguerra al liderazgo tecnológico. Chile también puede escribir su propia historia de transformación.

Para lograrlo, debemos generar las señales correctas para atraer inversión privada. No se trata de una planificación centralizada, sino de crear condiciones de mercado favorables: marcos regulatorios claros, incentivos tributarios inteligentes, procesos de aprobación ágiles y apertura a contratos de largo plazo entre privados. Las grandes empresas consumidoras de energía deben poder celebrar acuerdos directos con productores de e-fuels, abriendo espacio a la competencia y la innovación. El Estado, más que intervenir, debe facilitar. Y debe hacerlo ahora.

No se trata tampoco de caer en un exceso de regulación. Chile necesita sistemas de certificación ambiental robustos, confiables y eficientes. No para sumar burocracia, sino para garantizar trazabilidad, acceso a mercados premium y confianza de inversionistas. Estos estándares pueden ser diseñados por entidades técnicas independientes o consorcios privados, bajo supervisión estatal efectiva. Y la infraestructura crítica —puertos, sistemas de blending, almacenamiento y distribución— puede desarrollarse con asociaciones público-privadas, donde el capital privado lidera y el Estado actúa como catalizador.

Esta transición no solo genera energía. Genera empleos calificados, conocimiento local, cadenas de valor regionales, inversión extranjera directa y una nueva narrativa de desarrollo para el país. Lo que parecía una aspiración ambiental, se revela como una política industrial moderna, competitiva y pragmática.

Esta es una causa que trasciende colores políticos y fronteras ideológicas. Una decisión de país, que requiere visión generacional y cuyos beneficios perdurarán por más de un siglo. El mundo ya cambió. La pregunta es si Chile se atreverá a cambiar también. El momento de actuar no es mañana. Es ahora.

Contacta al autor: LinkedIn

(El autor(a) es responsable de la exactitud y veracidad del contenido presentado en la columna de opinión. La plataforma y el editor no asumen ninguna responsabilidad por cualquier error, omisión o imprecisión en la información proporcionada.)

Compartir noticia por redes sociales