La guerra en Medio Oriente no solo dispara el petróleo, también nos recuerda que nuestra soberanía energética no puede seguir esperando
La guerra en Medio Oriente no solo dispara el petróleo, también nos recuerda que nuestra soberanía energética no puede seguir esperando
Por Arturo De la Sotta, CEO de P2X Consulting.
Fecha publicada: 18 Marzo, 2026

La guerra en torno a Irán no es un conflicto lejano, sino una advertencia directa para Chile. Cuando el Estrecho de Ormuz se tensiona y los flujos de crudo se interrumpen, nuestro país queda expuesto a una fragilidad histórica: dependemos de combustibles fósiles que no controlamos ni producimos en escala relevante. Esta semana el mercado volvió a recordarlo con brutal claridad, ya que el petróleo se disparó ante el riesgo de nuevas interrupciones de oferta, dejando abierta la posibilidad de aumentos que impactan directamente en nuestra estabilidad económica.
Esta crisis no debe leerse solo como una mala noticia coyuntural, sino como una señal estratégica de alerta. Cada shock geopolítico golpea nuestra inflación, los costos logísticos y el bolsillo de las familias porque seguimos siendo un importador neto de energía en un mundo cada vez más inestable. La propia OCDE estimó que el 63,5% del suministro total de energía de Chile en 2023 fue importado, lo que significa que una parte fundamental de nuestra seguridad depende todavía de decisiones ajenas, conflictos externos y rutas marítimas vulnerables.
Lo más paradójico es que esta debilidad convive con una ventaja extraordinaria, ya que Chile posee una abundancia renovable que organismos como la IEA describen como de clase mundial. El país está posicionado de manera excepcional para convertirse en un proveedor competitivo de hidrógeno de bajas emisiones, especialmente en las zonas de Atacama y Magallanes. El verdadero valor de este potencial no se limita a generar energía limpia, sino a reemplazar la dependencia por soberanía y la volatilidad de los mercados externos por resiliencia económica interna.
El hidrógeno verde y sus derivados —amoniaco, metanol y combustibles sintéticos— no son solo una oportunidad climática, sino una herramienta de seguridad energética en tiempos de incertidumbre geopolítica. La estrategia nacional actualizada 2026-2030 vincula explícitamente esta industria con la protección del país, buscando transformar la exportación de recursos brutos en exportación de valor agregado. Este cambio de paradigma es lo que permitirá que el desarrollo nacional deje de ser rehén de crisis energéticas globales sobre las que no tenemos control.
Finalmente, el despliegue de estos derivados permitirá que sectores difíciles de electrificar, como el transporte de carga y la industria pesada, encuentren una alternativa local, estable y soberana. Al producir nuestros propios portadores energéticos, Chile no solo protege su economía, sino que se proyecta como un actor relevante y autónomo en el tablero global. La soberanía energética deja así de ser una aspiración romántica para convertirse en una necesidad urgente y pragmática frente a un mercado de combustibles fósiles cada vez más impredecible.




