La urgencia de una soberanía energética para Chile
La urgencia de una soberanía energética para Chile
Por Gianni López, Director del Centro Mario Molina.
Fecha publicada: 05 Mayo, 2026

La volatilidad del mercado del petróleo no es una novedad, pero la fragilidad del escenario actual nos ubica en un momento decisivo. Mientras observamos cómo el conflicto entre Estados Unidos e Irán impacta directamente en los bolsillos de todo el planeta, queda en evidencia una realidad incómoda: nuestra dependencia energética es una vulnerabilidad que ya no podemos ignorar.
Chile es hoy un país energéticamente precario. Con una producción nacional de crudo marginal —concentrada en Magallanes y que cubre una fracción menor del consumo—, el país importa prácticamente la totalidad de los combustibles fósiles que utiliza, lo que nos deja expuestos a dinámicas globales que no controlamos. Según cifras de la Comisión Nacional de Energía y del Banco Central, Chile destina entre US$8.500 y US$12.000 millones anuales a la importación de petróleo, derivados y gas natural, monto que oscila entre el 3% y el 7% del PIB según el ciclo de precios internacionales. Se trata, de manera sistemática, de una de las mayores partidas de importación del país. Y la trayectoria no es alentadora: de mantenerse las tendencias actuales de motorización y consumo, y en ausencia de una política decidida de sustitución energética, esa factura podría superar con holgura los US$13.000 millones hacia mediados de la próxima década.
Chile tiene ventajas comparativas únicas: la energía fotovoltaica más barata del mundo en el norte y un potencial eólico excepcional en Magallanes. La pregunta ya no es si debemos abandonar los combustibles fósiles, sino qué tan rápido podemos sacar lecciones de las crisis actuales para alcanzar una verdadera soberanía e independencia energética.
Para lograrlo, la clave es entender que no existe una solución única, sino tecnologías complementarias. Por un lado, la electromovilidad a baterías ya es un éxito en operaciones urbanas y de última milla, donde ha demostrado ser una solución eficiente, madura y competitiva, con beneficios concretos en reducción de emisiones, ruido y costos operacionales.
No obstante, cuando pasamos a la logística de carga pesada y larga distancia, las baterías encuentran límites de autonomía y tiempos de carga que alteran la excelencia operacional de las flotas.
Es aquí donde el hidrógeno verde surge como pieza clave. Su alta densidad energética permite independencia superior y tiempos de carga similares a los de un vehículo diésel, manteniendo la continuidad y eficiencia del servicio.
Desde el Centro Mario Molina hemos dedicado años a la descarbonización de flotas, entendiendo que el hidrógeno es el paso necesario para estos nichos. Desarrollamos tecnología nacional —validada incluso en ecosistemas europeos— que demuestra que es posible transformar vehículos para que operen con celdas de combustible de hidrógeno. Esto permite que unidades de distribución regional dupliquen su autonomía.
Estamos ante una oportunidad que exige una política de Estado capaz de acelerar inversiones y acompañar proyectos locales. El hidrógeno verde no es solo una promesa ambiental: en determinados nichos —particularmente logística de carga pesada y operaciones de alto kilometraje— y con los precios actuales del diésel, comienzan a emerger casos de negocio competitivos, cuya viabilidad dependerá de reducir costos de producción, desplegar infraestructura de abastecimiento y establecer marcos regulatorios estables. Es el momento de apostar por el capital humano y la tecnología desarrollada en Chile para dejar de ser espectadores de crisis externas y convertirnos en dueños de nuestro destino energético.




