Estados Unidos reabre el canal petrolero con Venezuela y reactiva el tablero energético en América Latina y el Caribe
Estados Unidos reabre el canal petrolero con Venezuela y reactiva el tablero energético en América Latina y el Caribe
Fecha publicada: 20 Enero, 2026

Cuando Estados Unidos completó esta semana su primera venta de petróleo venezolano, la transacción por 500 millones de dólares reabrió un canal geopolítico que había permanecido en gran medida inactivo durante años, señalando que el pragmatismo energético vuelve a moldear el enfoque de Washington hacia el hemisferio occidental.
Realizada bajo un nuevo acuerdo entre Estados Unidos y Venezuela que permite comercializar crudo sancionado con los ingresos depositados en cuentas controladas por Estados Unidos, la operación marca un cambio tangible en la forma en que Washington equilibra la presión política con la seguridad del suministro. Funcionarios estadounidenses han indicado que se espera la llegada de cargamentos adicionales, lo que ofrece a Venezuela una vía limitada pero significativa para reinsertarse en los mercados petroleros globales tras años de aislamiento, período en el que la producción cayó desde más de 3 millones de barriles diarios (bpd) a finales de la década de 1990 hasta alrededor de 900.000 bpd en años recientes.
Para América Latina y el Caribe, las implicancias van mucho más allá de Venezuela. La reanudación de las ventas de crudo venezolano —presuntamente a precios superiores a los que el país recibía anteriormente— tiene el potencial de estabilizar los flujos petroleros regionales y respaldar la economía de las refinerías en la Costa del Golfo de Estados Unidos, donde sigue siendo significativa la capacidad de procesamiento de crudos pesados. Para las refinerías caribeñas y los importadores de energía, una mayor disponibilidad de crudo regional podría reducir la dependencia de importaciones de mayor distancia desde Medio Oriente o África Occidental, disminuyendo los costos de transporte y mejorando la confiabilidad del suministro para refinerías y generadores eléctricos.
Para las economías insulares que continúan dependiendo en gran medida de combustibles importados, incluso mejoras incrementales en logística, precios y previsibilidad del suministro pueden traducirse en beneficios fiscales y de seguridad energética relevantes. Con el tiempo, esto puede apoyar el empleo local, los ingresos fiscales y sistemas energéticos más resilientes en mercados que históricamente han pagado una prima por la importación de combustibles.
El giro también refleja el esfuerzo más amplio de Washington por reafirmar su influencia económica en América Latina en un momento de creciente competencia global. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha mencionado públicamente cifras de hasta 100.000 millones de dólares en potencial inversión estadounidense en energía e infraestructura en América Latina si se profundiza el compromiso; una cifra que funciona más como señal política que como compromiso firme, pero que aun así indica cuán central se ha vuelto la energía en la estrategia regional de Estados Unidos. Incluso una fracción de ese capital, si llegara a materializarse, sería transformadora para la rehabilitación upstream, la infraestructura midstream y la modernización downstream en todo el hemisferio.
Para los gobiernos regionales y las empresas energéticas, este momento presenta tanto oportunidades como urgencias. La reintegración parcial de Venezuela podría desbloquear miles de millones de dólares en inversiones postergadas para rehabilitar campos maduros, oleoductos e infraestructura de exportación. Los productores vecinos y los polos de servicios también podrían beneficiarse de un mayor volumen de actividad regional y de una mayor colaboración. Guyana y Surinam ya están atrayendo compromisos upstream por miles de millones de dólares, mientras que Trinidad y Tobago continúa posicionándose como un ancla de procesamiento de gas y GNL para el Caribe.
Es esta convergencia de geopolítica, capital y dinamismo de proyectos lo que hace particularmente oportuna la celebración de Caribbean Energy Week (CEW), que tendrá lugar del 30 de marzo al 1 de abril de 2026 en Paramaribo, Surinam. Como el principal foro energético de la región, el evento reúne a responsables de políticas públicas, compañías petroleras nacionales, inversionistas internacionales y proveedores tecnológicos en un momento en que la alineación estratégica resulta crítica. Los debates en torno a hidrocarburos, monetización del gas, generación eléctrica, energías renovables e integración regional influirán directamente en las decisiones de inversión que se están tomando hoy.
En un escenario definido por alianzas cambiantes y un renovado compromiso de Estados Unidos, CEW 2026 ofrece una plataforma poco común para ir más allá de la diplomacia de titulares y centrarse en la ejecución: estructurar proyectos financiables, movilizar capital diversificado y asegurar que el desarrollo energético genere resiliencia económica de largo plazo.
La venta de petróleo venezolano por parte de Estados Unidos puede ser solo el primer cargamento de un proceso más largo, pero ya constituye un marcador de cambio. Para América Latina y el Caribe, la pregunta ya no es si la atención global está regresando, sino cuán eficazmente la región se posiciona para capturarla.
Fuente: Energy Capital & Power
English Version
When the United States completed its first sale of Venezuelan oil this week, the $500 million transaction reopened a geopolitical channel that had been largely dormant for years, signaling that energy pragmatism is once again shaping Washington’s approach to the Western Hemisphere.
Carried out under a new U.S.–Venezuela arrangement that allows sanctioned crude to be marketed with proceeds held in U.S.-controlled accounts, the sale marks a tangible shift in how Washington is balancing political pressure with supply security. U.S. officials have indicated that additional cargoes are expected to follow, offering Venezuela a limited but meaningful pathway back into global oil markets after years of isolation that saw production fall from more than 3 million barrels per day (bpd) in the late 1990s to around 900,000 bpd in recent years.
For Latin America and the Caribbean, the implications extend well beyond Venezuela. The resumption of Venezuelan crude sales – reportedly at prices higher than the country previously received – has the potential to stabilize regional oil flows and support refinery economics in the U.S. Gulf Coast, where heavy crude processing capacity remains significant. For Caribbean refineries and energy importers, greater availability of regional crude could reduce reliance on longer-haul imports from the Middle East or West Africa, lowering transportation costs and improving supply reliability for refineries and power producers.
For island economies that remain heavily dependent on imported fuels, even incremental improvements in logistics, pricing and supply predictability can translate into meaningful fiscal and energy-security gains. Over time, this can support local employment, government revenues and more resilient energy systems in markets that have historically paid a premium for fuel imports.
The shift also reflects Washington’s broader effort to reassert economic influence across Latin America at a moment of intensifying global competition. U.S. President Donald Trump has publicly floated figures of up to $100 billion in potential U.S. investment in Latin American energy and infrastructure should engagement deepen – a figure that is more political signal than firm commitment, but nonetheless indicative of how central energy has become to U.S. regional strategy. Even a fraction of that capital, if realized, would be transformative for upstream rehabilitation, midstream infrastructure and downstream modernization across the hemisphere.
For regional governments and energy companies, this moment presents both opportunity and urgency. Venezuela’s partial reintegration could unlock billions of dollars in deferred investment to rehabilitate aging fields, pipelines and export infrastructure. Neighboring producers and service hubs also stand to benefit from increased regional throughput and collaboration. Guyana and Suriname are already attracting multi-billion-dollar upstream commitments, while Trinidad and Tobago continues to position itself as a gas processing and LNG anchor for the Caribbean.
It is this convergence of geopolitics, capital and project momentum that makes Caribbean Energy Week (CEW) taking place on 30 March-1 April 2026, Paramaribo, Suriname particularly timely. As the region’s premier energy forum, the event convenes policymakers, national oil companies, international investors and technology providers at a moment when strategic alignment is critical. Discussions around hydrocarbons, gas monetization, power generation, renewables and regional integration will directly shape the investment decisions being made today.
In a landscape defined by shifting alliances and renewed U.S. engagement, CEW 2026 offers a rare platform to move beyond headline diplomacy and focus on execution: structuring bankable projects, mobilizing diversified capital and ensuring that energy development delivers long-term economic resilience.
The U.S. sale of Venezuelan oil may be only the first cargo in a longer process, but it is already a marker of change. For Latin America and the Caribbean, the question is no longer whether global attention is returning — it is how effectively the region positions itself to capture it.




