Cuando el barril de petróleo vuelve a los US$120: la verdadera prueba del hidrógeno verde

Cuando el barril de petróleo vuelve a los US$120: la verdadera prueba del hidrógeno verde

Jaime Sáez Quiroz , Analista en transición energética y geopolítica de los recursos naturales.

Fecha publicada: 16 Marzo, 2026

A comienzos de este año publiqué una columna titulada “El petróleo barato y la prueba real del hidrógeno verde” (https://url-shortener.me/GEK2). En ella planteaba una pregunta incómoda para la naciente industria del hidrógeno: ¿qué ocurriría si el petróleo volvía a ser barato? ¿Seguiría siendo competitivo el hidrógeno verde o su desarrollo dependería únicamente de subsidios y políticas climáticas?

Pocas semanas después, el escenario global volvió a recordarnos una verdad estructural del sistema energético mundial: el petróleo no es solo un combustible, es también un factor permanente de riesgo geopolítico. Las tensiones en Medio Oriente han empujado nuevamente el precio del Brent por sobre los 120 dólares por barril, recordando la fragilidad de un sistema energético altamente concentrado en ciertas regiones del planeta.

Aproximadamente una quinta parte del comercio mundial de petróleo circula por el Estrecho de Ormuz. Cada crisis regional se traduce inmediatamente en volatilidad de precios que impacta transporte, alimentos, producción industrial y cuentas fiscales en todo el mundo. La historia reciente del mercado energético demuestra que el petróleo no sólo es una mercancía: es también un instrumento de poder geopolítico.

En ese contexto, el debate sobre el hidrógeno verde cambia de naturaleza. Ya no se trata únicamente de comparar el costo de producción del hidrógeno frente al precio del petróleo en un momento determinado. La cuestión más relevante es si el sistema energético global puede seguir dependiendo de una fuente cuyo precio está expuesto de forma permanente a shocks geopolíticos.

Desde esta perspectiva, el hidrógeno verde deja de ser únicamente una herramienta de descarbonización. Pasa a ser también una apuesta por resiliencia energética y diversificación estratégica. A diferencia del petróleo, cuyo valor depende de equilibrios geopolíticos complejos y de cuellos de botella logísticos globales, el hidrógeno producido a partir de energías renovables se vincula a recursos abundantes y territorialmente distribuidos: sol, viento y agua.

Sin embargo, el desarrollo del hidrógeno verde en Chile también ha comenzado a mostrar señales de ajuste. Durante los últimos meses se ha evidenciado un enfriamiento de las expectativas iniciales que rodearon a esta industria. La desintegración del gremio del hidrógeno verde en Magallanes y el repliegue o revisión de inversiones por parte de actores internacionales relevantes —como TotalEnergies— reflejan un momento de recalibración en un sector que, tras la euforia inicial, comienza a enfrentarse a las complejidades reales de la inversión energética a gran escala.
Este proceso de ajuste también se refleja en el ámbito de la política pública.

La reciente actualización de la Estrategia Nacional de Hidrógeno Verde 2026-2030 reconoce esta nueva etapa de maduración de la industria. El nuevo documento mantiene la ambición estratégica de posicionar a Chile como actor relevante en el mercado global del hidrógeno, pero introduce un enfoque más pragmático, priorizando el desarrollo de demanda interna, la creación de condiciones habilitantes y la consolidación gradual de capacidades industriales.

En otras palabras, el país comienza a transitar desde la fase de expectativas hacia la fase de construcción efectiva de una industria. Paradójicamente, es precisamente en este momento de mayor realismo donde el contexto energético global vuelve a jugar un rol decisivo. Cuando el petróleo supera los 100 o incluso los 120 dólares por barril, diversas rutas tecnológicas vinculadas al hidrógeno comienzan a acercarse a umbrales de competitividad económica, particularmente en sectores difíciles de electrificar como el transporte marítimo, la aviación o ciertas industrias intensivas en energía.

Para países con abundantes recursos renovables, como Chile, esta situación abre una ventana estratégica. El hidrógeno verde no debe entenderse únicamente como una política climática ni como un proyecto experimental de innovación energética. Es, potencialmente, una política industrial de largo plazo y una oportunidad de inserción en la nueva economía energética global.
La transición energética no está ocurriendo en un laboratorio, sino en medio de tensiones geopolíticas, ciclos financieros y transformaciones tecnológicas profundas. En ese contexto, es esperable que el desarrollo del hidrógeno verde atraviese momentos de escepticismo y ajustes en sus etapas iniciales.

La verdadera pregunta, por tanto, no es si esta industria enfrentará dificultades en su camino. Todas las grandes transiciones tecnológicas lo han hecho.

La cuestión de fondo es si países como Chile serán capaces de sostener una estrategia de largo plazo en medio de esos ciclos, comprendiendo que la verdadera prueba del hidrógeno verde no ocurre únicamente cuando el petróleo es barato, sino también cuando el mundo vuelve a recordar cuán caro puede resultar depender de él. El hidrógeno verde no es un proyecto energético. Es una apuesta de política industrial y de geopolítica económica.

(El autor(a) es responsable de la exactitud y veracidad del contenido presentado en la columna de opinión. La plataforma y el editor no asumen ninguna responsabilidad por cualquier error, omisión o imprecisión en la información proporcionada.)

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