La ventaja renovable no basta para ganar la carrera del hidrógeno verde
La ventaja renovable no basta para ganar la carrera del hidrógeno verde
Por Arturo De la Sotta, CEO de P2X Consulting.
Fecha publicada: 01 Junio, 2026

Durante los últimos años, la industria habló en futuro: hubs, corredores, gigawatts, exportaciones, liderazgo global, nuevos mapas energéticos. Y esa narrativa fue necesaria. Ninguna industria transformadora nace sin una visión capaz de movilizar capital, talento y decisión política. Pero esa etapa ya no basta.
La Agencia Internacional de Energía lo plantea con claridad: la demanda global de hidrógeno llegó a casi 100 millones de toneladas en 2024, pero el hidrógeno bajo en emisiones sigue representando menos del 1% de la producción mundial. Es decir, el mundo ya consume hidrógeno; lo que todavía no consume en escala suficiente es el hidrógeno limpio que necesitamos para descarbonizar la economía real.
Ahí está el cuello de botella. No es solo el costo de los electrolizadores. No es solo la disponibilidad de energía renovable. No es solo la regulación, los permisos o la infraestructura. El desafío central es la demanda bancable. Según la IEA, los acuerdos firmes de compra de hidrógeno bajo en emisiones suman menos de 2 millones de toneladas anuales, apenas cerca del 5% de la producción potencial anunciada hacia 2030.
Esa cifra debería ordenar la conversación global. Sin compradores confiables no hay financiamiento. Sin financiamiento no hay decisión final de inversión. Sin decisión final de inversión no hay plantas, puertos, ductos, empleo ni nueva industria.
Las industrias serias no nacen de la euforia; nacen de la disciplina. La energía solar y la eólica también pasaron por años de dudas, sobrecostos y promesas exageradas. Despegaron cuando aparecieron reglas claras, contratos de largo plazo, compradores, financiamiento competitivo e infraestructura. El hidrógeno debe recorrer un camino similar, aunque con una complejidad mayor: no hablamos solo de producir electricidad limpia, sino de transformar moléculas, procesos industriales, logística, puertos, certificaciones, fertilizantes, minería, acero, aviación y transporte marítimo.
Europa ya está enviando señales en esa dirección. La tercera subasta del Banco Europeo del Hidrógeno seleccionó nueve proyectos, con €1.090 millones en apoyo, casi 1,1 GW de capacidad de electrólisis y una producción esperada de 1,3 millones de toneladas durante sus primeros diez años de operación.
La señal es evidente: los países que quieren liderar no están esperando que el mercado aparezca por generación espontánea. Están diseñando demanda, reduciendo riesgo y construyendo las condiciones para que los proyectos crucen la línea entre promesa e inversión.
Ese es el modelo mental que América Latina debe adoptar con urgencia.
Chile, Brasil, Colombia, Uruguay, Argentina y otros países de la región han construido narrativas potentes alrededor del hidrógeno verde. Tenemos sol, viento, puertos, minería, industria, talento técnico y una localización estratégica frente a mercados internacionales. Pero la ventaja renovable, por sí sola, no paga deuda. El recurso abre la puerta; el contrato permite entrar.
América Latina no puede limitarse a esperar que Europa o Asia firmen el gran acuerdo de exportación que resuelva todo el modelo de negocio. Depender únicamente de demanda externa es una estrategia frágil. La región necesita crear consumo local y regional: minería que sustituya combustibles fósiles, fertilizantes limpios para agricultura, metanol y amoníaco verde para cadenas industriales, combustibles sintéticos para transporte marítimo y aviación, acero verde, puertos energéticos y corredores logísticos.
La oportunidad no está solo en exportar moléculas. Está en exportar productos con mayor valor agregado. No es lo mismo vender hidrógeno que vender acero verde, fertilizante verde, e-metanol o combustibles sintéticos producidos con energía renovable local.
Las empresas también deben moverse. El hidrógeno verde no será competitivo desde el primer día, como si las tecnologías nuevas nacieran maduras. El análisis empresarial no debe limitarse al costo actual; también debe medir el riesgo de llegar tarde a una transformación industrial que ya empezó.
La banca y los fondos de inversión tienen otro desafío. No se pueden evaluar proyectos de hidrógeno del siglo XXI con criterios diseñados para commodities maduros del siglo XX. Se requiere sofisticación financiera, comprensión tecnológica y capacidad de estructurar riesgos entre productores, compradores, gobiernos y multilaterales. La banca no debe financiar fantasías, pero tampoco puede esperar certezas absolutas para recién entrar.
Esta es la conversación que la industria necesita: dejar de medir el éxito por la cantidad de proyectos anunciados y empezar a medirlo por la cantidad de demanda contratada. Menos comunicados de prensa y más compradores ancla. Menos rankings de potencial y más toneladas con destino, precio, certificación y financiamiento.
El hidrógeno verde no necesita creyentes. Necesita clientes.
América Latina tiene una oportunidad histórica, pero no infinita. El mundo no va a esperar a que resolvamos nuestras dudas regulatorias, nuestros permisos lentos o nuestras disputas internas. La competencia global ya comenzó. Los ganadores no serán necesariamente los países con más sol o más viento, sino aquellos capaces de convertir recursos renovables en contratos bancables, demanda industrial y productos limpios que el mundo quiera comprar.
Dejemos de celebrar solo los anuncios y empecemos a celebrar los contratos. Todos los actores deben sentarse en la misma mesa con una definición brutalmente concreta: quién compra, cuánto compra, a qué precio, por cuánto tiempo y con qué respaldo.
Porque el futuro del hidrógeno verde no se decidirá en el próximo gran evento internacional. Se decidirá en la primera firma que haga financiable el próximo proyecto. Y esa firma puede marcar la diferencia entre una región que prometió liderar la transición energética y una región que efectivamente la lideró.




