La fuerza de lo común: por qué la cooperación podría definir el rumbo de la transición energética

La fuerza de lo común: por qué la cooperación podría definir el rumbo de la transición energética

Por Emerson Flores Tapia, periodista y analista en comunicación y energía. Co Fundador de H2News.

Fecha publicada: 25 Noviembre, 2025

El reciente noticia sobre la cooperación entre Chile y los Países Bajos para impulsar infraestructura compartida de hidrógeno verde revela algo más profundo que un posible acuerdo técnico o un estudio de factibilidad. Lo que vemos es la consolidación de un marco donde la cooperación —pública, privada, nacional, internacional y entre empresas— emerge no solo como un medio, sino como una condición estructural para el desarrollo sostenible.

Este proyecto conjunto, que busca evaluar y diseñar infraestructura común en Magallanes y Antofagasta, no es únicamente un gesto diplomático ni una apuesta tecnológica. Representa un caso ejemplar de cómo la cooperación puede articular intereses divergentes hacia un objetivo compartido: avanzar en la transición energética creando valor para todos y todas.

Sin embargo, debemos reconocer que cooperar no es neutral. Implica riesgos, tensiones y dilemas de poder que deben ser enfrentados con claridad, transparencia y gobernanza sólida.

Uno de los primeros desafíos es la dependencia estratégica. Cuando la infraestructura es compartida y los socios no tienen el mismo peso económico o tecnológico, puede generarse un desequilibrio que afecte la autonomía nacional. En este caso, la participación neerlandesa —con una industria altamente desarrollada y una demanda energética estructural— podría inclinar las decisiones en su favor si no se establecen reglas claras.

A ello se suma el riesgo de captura del valor. Las empresas con mayor capacidad técnica o financiera podrían obtener una cuota desproporcionada de los beneficios, reproduciendo desigualdades históricas bajo nuevos lenguajes verdes. La transición energética no puede repetirse como una reedición del viejo extractivismo; su legitimidad exige una distribución justa de sus frutos.

Además, la cooperación solo es democrática si las comunidades locales —las que vivirán los efectos directos de la infraestructura— participan de manera real y no simbólica. Magallanes y Antofagasta no pueden ser meras geografías de intervención: deben ser actores con voz, agencia y capacidad vinculante. La legitimidad política de proyectos de esta escala depende de ello.

Por otro lado, la sostenibilidad institucional es clave. La cooperación requiere reglas, mecanismos de decisión, procesos de resolución de conflictos y sistemas de financiamiento que garanticen estabilidad. Si la gobernanza no está bien diseñada, la cooperación se vuelve frágil y vulnerable a intereses coyunturales.

Finalmente, no podemos olvidar el riesgo ambiental. La construcción de infraestructura masiva tiene efectos territoriales y sociales que deben ser gestionados con una gobernanza ambiental seria y preventiva. La protección del territorio es también un acto de cooperación intergeneracional.

Pese a estos desafíos, este acuerdo es una oportunidad extraordinaria para Chile. Bien gestionada, la cooperación internacional puede fortalecer nuestra posición en la transición energética global, permitir la creación de valor compartido y poner a Chile a la vanguardia en hidrógeno verde.

Pero la clave es entender que la cooperación no es solo un tipo de relación, sino una de acción colectiva. En este caso, combina teoría de juegos cooperativos, gobernanza transnacional e institucionalización robusta. Es una cooperación estratégica, diseñada para reducir riesgos, mejorar eficiencia, generar economías de escala y, sobre todo, construir bienes comunes energéticos.

Luego, y más allá de su dimensión técnica o institucional, la cooperación es un acto humano que nos recuerda que nadie se realiza solo y que el bienestar es siempre una construcción compartida.

Cooperar es, ante todo, un ejercicio de diálogo. Implica escuchar, ceder, deliberar y acordar. Sin diálogo no hay cooperación; sin cooperación no hay comunidad. Esta simple verdad —tan evidente y tan olvidada— nos obliga a replantear cómo entendemos nuestro rol ciudadano en una sociedad cada vez más fragmentada.

Para los gobiernos, cooperar no es renunciar a la soberanía, sino ejercerla de manera madura, reconociendo que la interdependencia es la condición de la modernidad. Para las empresas, cooperar es entender que el valor se multiplica cuando se comparte. Y para la ciudadanía, cooperar es un acto ético: un compromiso con el otro, con el territorio y con el futuro.

La cooperación, cuando se practica con responsabilidad, es un baluarte que protege lo que nos une y que desafía lo que nos divide. Es una forma de resistencia frente a la lógica del aislamiento, la desconfianza y la competencia desmedida. En tiempos de crisis climática, social y política, cooperar se convierte en un imperativo moral: una manera de cuidar lo común.

Si queremos que el hidrógeno verde sea un motor de desarrollo y bienestar, debemos asumir que el éxito no proviene de la competencia aislada, sino del trabajo conjunto. Cooperar no significa renunciar a los intereses nacionales o locales; significa reconocer que, en un mundo interdependiente, la unidad en torno a objetivos compartidos es la forma más poderosa de ejercer soberanía, justicia y desarrollo sostenible.

Hoy, Chile tiene frente a sí la oportunidad de demostrar que la cooperación —bien diseñada, justa y democrática— puede ser el camino más sólido hacia un futuro energético que beneficie a todas y todos. Es hora de transformar la cooperación en política de Estado, en cultura institucional y en sello de nuestras relaciones internacionales y productivas.

Porque solo cuando trabajamos juntos y juntas, con reglas claras, diálogo permanente y objetivos comunes, podemos construir un desarrollo que sea verdaderamente compartido.
Y ese es, quizás, el mayor desafío y la mayor promesa de este proyecto binacional.

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