El Maule comienza a ver el hidrógeno verde como una opción química de valor agregado para la agricultura chilena

El Maule comienza a ver el hidrógeno verde como una opción química de valor agregado para la agricultura chilena

Por Lucas Olave, Ingeniero y Magíster en Energías Renovables, jefe de Especialidad de electricidad, Centro Educativo Salesianos Talca.

Fecha publicada: 11 Diciembre, 2025

Cuando se habla de hidrógeno verde en Chile, la conversación suele dividirse entre dos polos: el Norte Grande con su radiación solar inagotable y Magallanes con sus vientos excepcionales. En ese imaginario de grandes territorios orientados a la exportación, la zona central —y en particular la Región del Maule— aparece como un actor secundario, supuestamente sin la escala para competir en la carrera de los gigavatios.

Sin embargo, esa mirada es incompleta y estratégicamente miope. El Maule no necesita aspirar a convertirse en la “batería del mundo”, porque posee un activo más inmediato y decisivo para la economía nacional: es la despensa agrícola de Chile. Entender esto cambia por completo la pregunta central. Aquí, el hidrógeno no brillará por cuánta energía podamos exportar, sino por cuánto valor podamos generar transformando nuestra materia prima. El futuro no es el combustible que sale, es el insumo que se queda.

Replicar en Curicó o Talca los modelos pensados para Antofagasta o Magallanes es un error de diseño. La ventaja competitiva del Maule no está en un LCOE ultra bajo para exportación a granel, sino en la integración productiva. Aquí aparece la verdadera oportunidad: desarrollar fertilizantes verdes, particularmente amoníaco verde, como eslabón clave para una agricultura resiliente y con atributos ambientales verificables.

La agricultura maulina opera bajo la constante amenaza de la volatilidad externa. La región depende de urea importada cuyos precios responden más a tensiones geopolíticas que a la realidad productiva local, y cuya huella de carbono es incompatible con los estándares internacionales que hoy definen acceso a mercados. ¿Tiene sentido que el corazón agrícola del país dependa de insumos generados a miles de kilómetros, con costos impredecibles y emisiones crecientes?

La revolución del hidrógeno en el Maule no es energética; es química. El hidrógeno verde permite producir amoníaco limpio y, con ello, fertilizantes descarbonizados. Plantas modulares, descentralizadas y alimentadas por energía solar local podrían estabilizar costos, reducir dependencia externa y otorgar a los productos maulinos un sello de trazabilidad ambiental único. Un vino o una cereza del Maule cultivados con fertilizantes verdes no es solo un alimento: es un bien premium para los mercados más exigentes del mundo, un atributo de origen que parte en el suelo y llega intacto al consumidor.

Para avanzar, la región necesita convertirse en un laboratorio de aplicaciones finales. Mientras otros territorios buscan producir el hidrógeno más barato, el Maule debe concentrarse en usarlo con mayor inteligencia. Esto exige ingeniería local capaz de adaptar electrolizadores a entornos rurales, modelos cooperativos que permitan a los agricultores invertir en conjunto y una agenda tecnológica centrada en optimizar los usos del hidrógeno en la cadena agroalimentaria.

El hidrógeno verde en el Maule no se medirá en barcos cargados rumbo a Asia, sino en productividad agrícola, resiliencia climática y valor agregado. Si entendemos el H2V como un habilitador del sector agroalimentario, el Maule encontrará su propio espacio estratégico. No necesita ser el mayor productor de hidrógeno, solo necesita ser el territorio que mejor lo aplica.

(El autor(a) es responsable de la exactitud y veracidad del contenido presentado en la columna de opinión. La plataforma y el editor no asumen ninguna responsabilidad por cualquier error, omisión o imprecisión en la información proporcionada.)

 

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