El uso del agua para hidrógeno verde no amenaza el consumo humano
El uso del agua para hidrógeno verde no amenaza el consumo humano
Por: Arturo De la Sotta CEO de P2X Consulting
Fecha publicada: 16 Diciembre, 2025

“Si producimos hidrógeno verde, ¿nos quedaremos sin agua?” No. Ese miedo suena lógico a primera vista, pero no resiste el dato ni la aritmética básica del proceso.
Partamos por lo esencial: electrolizar 1 kilo de hidrógeno requiere 9 litros de agua en términos estequiométricos. Sumando purificación y ciertos consumos auxiliares, el rango típico en proyectos modernos se mueve entre aproximadamente 15 y 20 litros por kilo. Es decir: dos baldes chicos por cada kilo de hidrógeno. Nada más.
Ahora bien, en Chile y buena parte de Latinoamérica el hidrógeno verde que imaginamos hacer a gran escala será costero y con agua de mar. ¿Cuánta energía extra suma desalar ese volumen? La ósmosis inversa moderna consume del orden de 3,5 a 4,5 kWh por metro cúbico (mil litros). Como el H2V usa del orden de 0,015 a 0,020 m³ de agua por kilo, la energía de desalación por kg de H₂ es de alrededor de 0,05 a 0,09 kWh. Comparado con los 50 a 55 kWh eléctricos que requiere la electrólisis, desalar aporta cerca del 0,1 a 0,2% del consumo eléctrico total del sistema. En términos de costo, agregar desalación encarece el H₂ apenas en el orden de centavos por kilo. Es redondeo, no una barrera.
Entonces, ¿de dónde viene el mito? De mezclar debates. Chile vive estrés hídrico en varias cuencas; es real. Pero el uso sectorial del agua no tiene al H2V como protagonista. Históricamente, la agricultura explica alrededor del 70% del consumo nacional, mientras que la minería bordea el 4%; el resto se reparte entre agua potable, industria y otros. El hidrógeno verde, que todavía despega, no pinta en esas tortas. Y si se hace con agua de mar, no presiona fuentes continentales.
La minería chilena, justamente, ya mostró el camino: ante la escasez en el norte, migró masivamente a agua de mar (desalada o uso directo), y esa proporción seguirá creciendo esta década. La mayor parte del incremento hídrico minero proviene del mar, y la energía para desalar y bombear ya es una fracción conocida de su matriz eléctrica. Es una lección operacional valiosa para hubs de H2V costeros.
Pongamos lupa en la cifra que realmente manda: la electricidad. Producir 1 kg de H₂ por electrólisis consume aproximadamente 50 a 55 kWh. Ese es el elefante del CAPEX y el OPEX. El agua, en cambio, es el ratón: 9 a 20 litros y centavos por kilo incluso con desalación. El mensaje para el diseño de proyectos es clarísimo: optimizamos el LCOH atacando costo y factor de planta de la electricidad renovable, y garantizando suministro hídrico no competidor mediante agua de mar desalada y reutilización.
¿Y el impacto ambiental de la desalación? Vale hablar de buenas prácticas, no de caricaturas. La experiencia técnica señala tres claves: energía limpia para la planta de ósmosis (idealmente renovable vía PPA o behind-the-meter), gestión de salmuera con difusión adecuada y estándares ambientales, y ubicación costera que minimice bombeos y trazas, con evaluación temprana de impactos locales. Hecho así, la huella adicional por agua es marginal frente a la huella eléctrica del H2V.
Aterricemos la pedagogía con comparaciones simples. Si una planta consume 52 kWh/kg en el stack, la desalación aporta alrededor de 0,07 kWh/kg; en un diagrama de torta, ni se ve. Si el objetivo de costo nivelado está entre 3 y 5 dólares por kilo según mercado y recurso, sumar dos centavos por agua no decide la viabilidad del proyecto. Lo que la decide es el precio de la electricidad y la curva de utilización del electrolizador. Y si hablamos de magnitud hídrica, 20 litros por kg parecen mucho hasta que lo comparamos: una ducha de 8 minutos puede usar 60 a 100 litros. El H2V no compite con agua potable si se diseña costero y con agua de mar.
¿Dónde sí debemos ser exigentes? En siting y gobernanza. El “agua no es problema” no significa “cualquier sitio sirve”. Significa ubicar proyectos en zonas costeras con acceso expedito al mar y a trazas eléctricas; evitar cuencas tensionadas salvo que se use agua no convencional como mar desalada o efluentes tratados; integrar circularidad mediante recuperación de agua de proceso, reúso de corrientes y sistemas cerrados de enfriamiento; y asegurar transparencia con comunidades sobre volúmenes, salmuera y monitoreo, una lección aprendida de la minería del norte.
En paralelo, hablemos claro de prioridades públicas. Si el objetivo país es exportar moléculas limpias y descarbonizar industrias como acero, químicos, shipping y fertilizantes, entonces el regulador debe reconocer formalmente la desalación como mejor práctica hídrica para H2V y dar certeza de permisos para plantas acopladas; exigir evaluaciones de impacto ambiental robustas y protocolos de salmuera alineados a estándares globales; acelerar permisos para tomas y descargas costeras en zonas planificadas como hubs energéticos; e impulsar la reutilización de efluentes municipales e industriales cercanos como agua make-up adicional.
Esto ordena el mapa: el H2V toma el agua del mar, la energía del sol y el viento, y la licencia de sus comunidades.
¿Y Latinoamérica? Brasil, Colombia, México y Perú también tienen ventanas costeras donde el combo de renovables y agua de mar hace sentido. Si diseñamos hubs portuarios para amoníaco verde, combustible marítimo o e-combustibles, la variable hídrica deja de ser fricción y pasa a ser una decisión de ingeniería. La experiencia chilena con desalación y trazas eléctricas es exportable—con matices locales—al resto de la región.
Un matiz importante: no todo lo que brilla es H2V. La conversación global se volvió más exigente en 2024–2025: los costos bajan más lento de lo soñado y la demanda firme avanza por anclas industriales más que por discursos. Precisamente por eso, limpiar el mito del agua ayuda a enfocar el tiro en lo que sí desbloquea proyectos: contratos de energía, factores de planta, offtakes creíbles y logística.
“El agua del hidrógeno verde se mide en baldes; la del debate, en océanos de desinformación.”
Como regla práctica, cualquier proyecto de H2V en Chile y Latinoamérica debiera usar agua de mar desalada o efluente tratado para no presionar agua continental; diseñar para un consumo igual o menor a 20 litros por kilo de H₂ en operación; asegurar que la energía de desalación no supere el 0,1–0,2% de la energía de electrólisis; implementar descargas de salmuera con modelación de pluma y monitoreo continuo; y, cuando la escala lo permita, evaluar excedentes de agua para beneficio comunitario.
Conclusión y llamado a la acción. El hidrógeno verde no tiene un problema de agua; lo que tiene es un problema de narrativa. Si diseñamos costeros, usamos agua de mar y comunicamos con datos, la discusión vuelve a su eje: energía renovable barata y confiable, offtakes bancables y licenciamiento social. Te invito a difundir este mensaje en tu empresa, gremio y comunidad: comparte esta columna, explica las cifras en reuniones y redes, y corrige con respeto cada vez que escuches el “cuento” del agua. Despejemos el mito, para que Chile y Latinoamérica se concentren en lo que importa: cerrar brechas de costo, firmar demanda y convertir nuestros puertos en hubs de moléculas limpias. Porque el futuro del H2V no depende de baldes de agua; depende de la voluntad de limpiar el debate.




