El petróleo barato y la prueba real del hidrógeno verde
El petróleo barato y la prueba real del hidrógeno verde
Por Jaime Sáez Quiroz, Diputado de la República de Chile.
Fecha publicada: 08 Enero, 2026

La caída del crudo —agudizada por la incertidumbre geopolítica y el reacomodo energético que vuelve a tensionar a Venezuela— no “mata” el H₂V. Pero sí obliga a separar propaganda de estrategia: el mercado global no se construirá solo por competitividad, sino por política pública, contratos y planificación.
En estos días, con el petróleo retrocediendo a niveles cercanos a los US$60 el barril, vuelve una pregunta incómoda: ¿sigue siendo viable el mercado global del hidrógeno verde cuando el combustible fósil se abarata? La respuesta es sí, pero con consecuencias concretas: se encarece la transición en el corto plazo, se endurece el financiamiento y se postergan decisiones, especialmente donde el hidrógeno compite cara a cara con derivados del crudo.
El impacto no es homogéneo. Los proyectos de e-fuels (combustibles sintéticos para aviación o transporte) sufren más: cuando el petróleo baja, el diferencial de costos sube y los compradores exigen descuentos, subsidios o garantías regulatorias para firmar contratos de largo plazo. Lo mismo ocurre, en parte, con el transporte marítimo, donde amoniaco o metanol verdes compiten contra fuelóleo fósil. En cambio, en industrias que reemplazan hidrógeno gris —fertilizantes, refinerías, acero— el precio del petróleo pesa menos: ahí mandan el gas natural, el precio del carbono y la regulación.
Y esto revela la verdad que muchos prefieren omitir: el hidrógeno no está naciendo como un mercado “natural” de precios, sino como un mercado de políticas. Su demanda global se sostiene por mandatos, cuotas, estándares y apoyo público en la Unión Europea, Japón o Estados Unidos. Cuando esos marcos son firmes, el mercado avanza aunque el petróleo baje; cuando titubean, se congela todo el ecosistema. El ciclo del crudo no define el futuro del H₂V, pero sí define cuánto cuesta acelerarlo y cuán rápido se cierran los contratos.
¿Y Chile? No estamos frente a una “parálisis”, pero sí ante una desaceleración selectiva. Los proyectos con ventajas reales —recurso renovable competitivo, acceso portuario, permisos encaminados y offtakes serios— seguirán. Los proyectos basados en expectativas optimistas, sin contratos robustos o con infraestructura incierta, probablemente quedarán en modo espera: re-dimensionamiento, fases más pequeñas o simplemente postergación.
La lección es brutal: el principal riesgo para Chile no es el petróleo barato, sino la falta de estrategia. En un escenario volátil, no podemos apostar a que el mundo nos compre solo por tener buen viento o buen sol. Si queremos sostener el potencial exportador, hay que resolver lo que sí controlamos: planificación territorial, permisos con legitimidad, transmisión, agua, puertos, trazabilidad, estándares y un marco contractual que permita proyectos bancables. Si no avanzamos ahí, ningún rebote del petróleo nos va a salvar.
El petróleo barato no mata el hidrógeno verde. Lo obliga a madurar. Y si Chile quiere liderar, debe hacerlo no por entusiasmo, sino por certeza: la de ser un país que planifica y ejecuta cuando el ciclo se enfría, para estar listo cuando el mundo vuelva a acelerar.
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