Lo incómodo de la transición energética chilena es la falta de sinceridad

Lo incómodo de la transición energética chilena es la falta de sinceridad

Carla Chace Transición Energética | Desarrollo de Proyectos | Análisis de Mercado | Regulación y Políticas Públicas | Hidrógeno Verde | Combustibles | Sostenibilidad

Fecha publicada: 05 Marzo, 2026

Como ingeniera especialista en energía, observo con preocupación una narrativa instalada: Chile se declara “líder en renovables”, pero la realidad técnica muestra un país que intenta sostener su matriz, su infraestructura y su regulación sobre una arquitectura fósil que se resiste al cambio. No estamos ante una evolución natural, sino ante una colisión entre el futuro que proyectamos y un presente que se niega a soltar sus viejos parámetros.

Las barreras ocultas que frenan la transición energética no son tecnológicas, sino que están enquistadas en la estructura misma del sector:

  • En los incentivos: Hemos aceptado con una pasividad alarmante que desperdiciar energía renovable (el vertimiento) es simplemente “parte del modelo”. Al mismo tiempo, hemos normalizado que la demanda de hidrógeno verde no despunte bajo el argumento de que “la molécula aún es cara”. Es una lógica cortoplacista: hablamos de precios de mercado como si la atmósfera pudiera seguir financiando el costo de nuestra espera para cerrar esas brechas de competitividad.

  • En la gobernanza: Seguimos tomando decisiones críticas bajo una lógica de silo. Gestionamos la transmisión por un lado, la permisología por otro, la reconversión tecnológica en una mesa distinta y los desarrollos regionales en un plano aparte. Un sistema energético en transición exige, por definición, una orquestación total entre electricidad, combustibles y nuevos vectores como el hidrógeno. La consecuencia de esta fragmentación es clara: proyectos que funcionan en el papel y en lo técnico, pero que integralmente no logran cerrar sus ciclos de inversión o impacto.

  • En el relato: Nos hemos acostumbrado a hablar de megawatts instalados y récords de generación estacional, pero casi nunca de toneladas de $CO_2$ efectivamente abatidas en toda la cadena de valor. Poco decimos sobre cuánto diésel se está reemplazando realmente con electricidad limpia, biocombustibles o derivados del hidrógeno. Estamos midiendo la transición como si fuera una campaña de marketing energético, centrada en la capacidad, y no como una transformación estructural enfocada en el desplazamiento real del fósil.

¿Qué debemos cambiar en este 2026?

El tiempo de los diagnósticos cómodos se agotó. Debemos dejar de romantizar la transición y empezar a gestionarla como lo que es: una reingeniería profunda del sistema. Esto implica, necesariamente, poner sobre la mesa temas que políticamente pueden ser impopulares, pero técnicamente son urgentes: el rediseño de tarifas, la flexibilidad obligatoria del sistema y la implementación de estándares de intensidad de carbono para los combustibles.

Es imperativo dejar de tratar los vertimientos como un daño colateral aceptable; son, en realidad, una falla de diseño. Si el sistema no posee la capacidad de absorber y canalizar la energía limpia que generamos, seguir instalando capacidad sin infraestructura de soporte es un ejercicio de futilidad.

Debemos reordenar las prioridades: menos anuncios de inversión a futuro y más foco en destrabar lo que ya existe. Esto significa enfrentar las redes saturadas, los procesos de permisos que parecen eternos y las reglas que penalizan la flexibilidad eléctrica. Asimismo, hay que derribar las barreras regulatorias que hoy impiden que los nuevos combustibles bajos en carbono compitan en igualdad de condiciones con los fósiles, que aún gozan de una inercia sistémica a su favor.

Finalmente, la planificación —tanto eléctrica como de combustibles— debe incorporar criterios de carbono y resiliencia como variables de decisión de primer orden, al mismo nivel que los costos operativos y la seguridad de suministro.

Los sistemas no cambian con discursos; cambian cuando se intervienen sus parámetros. Este 2026 tiene que ser el año en que nos atrevamos a tocar los engranajes incómodos de la transición chilena: desde la lógica con la que despachamos la red hasta la forma en que producimos y usamos la energía en nuestras industrias. Mientras sigamos celebrando récords renovables sobre una arquitectura diseñada para el siglo pasado, la verdadera barrera no será la tecnología, sino nuestra propia falta de voluntad para reconfigurar el modelo de fondo.

(El autor(a) es responsable de la exactitud y veracidad del contenido presentado en la columna de opinión. La plataforma y el editor no asumen ninguna responsabilidad por cualquier error, omisión o imprecisión en la información proporcionada.)

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